Juan G. Mendoza Medina y Oreidis Pimentel

Recordar al Che implica pensar en su pasión por la práctica deportiva, especialmente por el ajedrez; sin embargo, el fútbol también lo cautivaba. No solo trabajó por la masificación del juego ciencia después de 1959, sino que además impulsó la práctica del más universal en Cuba.

Un capítulo de su vida que poco se conoce fue la oportunidad de recibir en La Habana en mayo de 1963 al Club Madureira de Fútbol, elenco de Río de Janeiro. Era la época de auge de ese deporte en Brasil, con resultados positivos en los eventos internacionales, entre los que figuran su éxito en la Copa Mundial de Chile en 1962.

Los integrantes del equipo reseñan con orgullo que el Che no solo acudió formalmente al aereopuerto para esperar el avión, sino que compartió con la delegación en el hotel capitalino donde se hospedaron. Su familiaridad y trato afable le permitió ganarse el cariño de los brasileños, a quienes acompañó con su uniforme verde olivo en el partido final que desarrollaron el 18 de mayo.

Por aquellos días, el Madureira no estaba en sus mejores tiempos, pero en Cuba terminó invicto tras enfentarse al equipo de Industriales (campeón local); al combinado del municipio de Morón, a una selección universitaria y en dos ocasiones frente a un once habanero.

La fama del fútbol brasileño los llevó hacia otros países de Latinoamérica como México, El Salvador y Panamá. Esas visitas transcurrieron sin anomalías, pero lo que sí trascendió en todo el mundo fue el hecho de que el Club llegara hasta la tierra donde hacía unos pocos años se iniciaba la construcción de una alternativa diferente a la que ofrecía el capitalismo, y por demás, que los recibiera Ernesto Guevara, entonces Ministro de Industria.

El Madureira sintió las críticas y las presiones desde antes de su partida de Brasil, cuando no bastaron los trámites legales de rutina como fotos y pasaportes, y le exigieron extender el brazo derecho en señal de juramento con el que se comprometían a no acatar jamás los preceptos socialistas y democráticos que impulsaba la Revolución Cubana. También les prohibieron pronunciar criterio alguno en torno a la política; solo les estaba permitido dialogar sobre el futbol preferentemente.

A pesar de ello, la visita de los futbolistas del Gigante Sudamericano repercutió en la historia del deporte cubano, suceso en el que una vez más el Che tuvo protagonismo como muestra de su integralidad personal y su inseparable vínculo con el deporte, al cual dedicó un espacio en su vida.

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